Acordaos

En el invierno de 1823 Marcelino va a visitar a un marista enfermo acompañado del hermano Estanislao. Camino de regreso una tormenta de nieve les hace desfallecer. El padre Champagnat suplica "Acordaos, oh piadosísima Virgen María...", y una luz les guía hacia una casa cercana.


"Una gran señal apareció en el cielo; una mujer vestida del sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas en la cabeza." (Ap 12, 1).

Dos viajeros. Puñales de soledad clavados en el paisaje yerto. La tarde se ha dormido en un ocaso de acero. Los caminos -geometría en mi errado pensamiento- son huellas de tristeza y cansancio. Todo es virgen -crepúsculo y palabras- en este corporal aniversario. El viento, con bordón de peregrino, ríe y llora en el ansia del nevazo. Tal vez la muerte acecha en los recodos de un círculo sin fin. Los labios, cárdenos de nieves, Marcelino, te sollozan palabras del Hermano Estanislao en tus brazos, que miden la distancia hasta Dios en el gesto inmortal del Acordaos. Hincado de rodillas, en tus ojos, enfermos de alegría, el rojo llanto del corazón se asoma temblando ante las luces del milagro. ¡Gracias! Y el cielo ríe en el ansia infinita del nevazo.

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